21 de agosto de 2013

Carta al viejo tú.



A veces nos recuerdo como dos personajes de una película romántica de bajo presupuesto: arruinados, criticados y cayéndose a pedazos. Quizás era esa misma la magia, el pegamento que nos mantenía unidos. Las corridas en las noches son algo en lo que pienso a diario antes de dormir. Cuando te abrazaba como si fuese la última voluntad de mi existencia y pronunciaba tu nombre con el escaso aliento que me quedaba.

La ciudad y la policía nos extrañan. Los robos de botellas de cervezas disminuyeron considerablemente desde la última vez que nos vimos. Creo que se aburren sin nosotros.

Y me pregunto dónde estarás ahora. Si ahora seguís observandome desde algún sitio o estás completamente lejos de mí. A kilómetros de distancia.

Pero, quiero que sepas que me acuerdo de las promesas, de las llegadas tarde, las lágrimas, las palabras. Especialmente las palabras, que se las llevaba el viento pero aun así nos marcaba. Recuerdo los besos contra las puertas sin picaportes, que nos encerraban cuales cárceles de las que no queríamos escaparnos.

Éramos diferentes, desde la forma en la que nos mirábamos hasta el tono de voz que usábamos al hablarnos. Incluso nuestra caligrafía era distinta cuando se trataba del otro. Y eso era más que cariño, amistad, afecto. Era más que amor. Y a pesar de que hayan pasado dos años todavía no encuentro una palabra que pueda describirlo exactamente, y tampoco creo que exista.

Según leí y me contaron, hay amores que duran para siempre. Sean suicidas, bizarros o de película. ¿Cómo definirías el nuestro? Es algo que nunca me respondiste. Todavía conservo la camisa a cuadros que me regalaste hace tiempo, con esa vieja mancha de aceite de motor que nunca me molesté en disimular.

Cada vez que camino por una de las avenidas del centro sigo los exactos pasos que hicimos con esa tabla de skate. O en esa galería subterránea escrita, que nos sentábamos en los escalones a filosofar sobre por qué la música ya no era como antes. De vez en cuando me siento frente a la vieja fábrica recordando cómo solíamos corretear por allí dentro mientras escuchábamos My Chemical Romance.

Estás en todos lados, y a la vez en ninguno. Todo parece una simple fantasía a tu lado. Como sacada de una historia punk de los noventa, en la que él abandona a su amor sólo para protegerla. Exactamente lo que hiciste. Sabías que me estabas consumiendo gota a gota y robándote mí esencia.

Éramos del rock más pesado y subsistíamos en la última góndola del supermercado, sección bebidas alcohólicas. Vivíamos de los acordes y no había nada que nos detuviera. Las entonadas bajo las luces de la ciudad me mantenían con ánimo cuando el día estaba gris.

Y me hubiese encantado una última canción.

Con amor, Florencia.